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Intermitencias chinas 8.1

Shanghai Trek

Y vuelta a Shanghai. El círculo cromático de este viaje se cierra en esta ciudad de contrastes. El río Huangpu divide en dos a sus 13 millones de habitantes.

Su margen derecha -el Pudong-, es el espejo de la China que renace. Miles de kilometros cuadrados que han pasado, de ser un cenagal, a albergar torres tan altas como horteras, y trenes tan rápidos como inútiles.

En la otra orilla está el Bund, la parte histórica, cuyos edificios coloniales saludan al río como si no les importara lo que tienen justo debajo: no torres, sino leprosos pidiendo limosna; no trenes ultrarrápidos de útima generación, sino un olor nauseabundo que se te mete hasta dentro.

Luciano y Adela se encontraron con bastantes problemas para cruzar el río Huangpu. En realidad era tan fácil como coger el metro en cualquiera de las estaciones del centro. En diez minutos te llevaba al otro lado por un módico precio. Pero los pipienéicos no conocían aún la jugada, por lo que optaron por arrimarse al muelle, con la esperanza de que allí sería todo más fácil.

Y vaya si lo fue. A cincuenta metros se encontraron con una taquilla que les invitaba a cruzar el río por un precio diez veces mayor al del metro o el autobús.

-¿Qué pasa? ¿Acaso nos van a dar el bocadillo en un viaje de cinco minutos?

Pues no. En el video que viene a continuación, aparece la respueta a ese misterio.

Antes, en la primera parte, la popular cantante china Faye Wong acompañará a Luciano y Adela en su último viaje en tren entre Qulin y Shanghai (ver hoja de ruta), y los introducirá en la caótica urbe.

Una buena anfitriona -por lo moderna, digo-, que quizá ayude al espectador occidental a comprender esa fatal atracción de los chinos por los colores fosforitos y las luces de neón.





-¡Uf! ¡Qué alivio! ¡Fuera del túnel al fin! Qué pena, Adela, que no hayamos conocido a ningún arquitecto chino. Me gustaría saber quién les pasa los psicotrópicos.

Intermitencias chinas 7.2

Una cena inolvidable

El segundo día de su estadía en Yangshuo, Luciano y Adela conocieron a un muchacho muy agradable y simpático. Se llamaba Simon y era un chico del lugar, de unos veinte añitos. De inmediato se les ofreció como guía. Su primer trabajo fue llevarlos a conocer la gastronomía del lugar. Una cena inolvidable en un restaurante con solera cuyo nombre no lograron descifrar, aunque al parecer tenía su chiste.





Cuando Simon trató de explicarles el porqué del nombre y de la foto que aparecían en el letrero, Adela y Luciano pusieron cara de que lo habían entendido todo, y le acompañaron en la carcajada con la que finalizó la explicación. Pero lo olvidaron pronto. Y es que tenían suerte de que en las cosas de comer los idiomas no suponen obstáculo alguno. Acompañémoles pues, a este pequeño viaje (g)astronómico.

Lo primero era elegir el pescado que iban a comer. Se trataba, cómo no, de ejemplares procedentes del río Li, que contaban sus últimos minutos en unos barreños que había en medio de la calle, a la vista de todo el mundo.

En los barreños había dos clases de pescados: uno con unas escamas muy grandes y muchas espinas, y otro con unos bigotes enormes y sin escamas. Simon les recomendó éste último.

Así que Adela se quedó con éste:





El pez –antes de ser fileteado- recibía la puntilla con un certero golpe en la cocorota.





A continuación, la dueña del restaurante les mostró el cadáver que se iban a zampar.





Lo presentaron en una fuente acompañado de pimiento verde, tomate, cebolla, verduras, todo ello regado con una exquisita salsa de soja. Delicioso.

En realidad todos los platos de los que dieron cuenta quella noche quedarían grabados para siempre en las retinas de Luciano y Adela. La berenjena fileteada rellena de carne, por ejemplo, estaba para chuparse los dedos.

Lo mismo que la sopa de algas del río Li...





...y los caracoles rellenos.





Lo caracoles rellenos son típicos de Yangshuo. Su fama rebasa ampliamente las fronteras de la provincia. En el video que viene a continuación, Simon les explica a Luciano y Adela cómo había que comerlos.





Por si no os habéis paspado de nada, extraigo del cuaderno de Adela el siguiente manual para comer caracoles en Yangshuo:

Primero hay que coger el caracol en la mano; entonces se aprieta el relleno con los palillos y se absorbe el líquido de la abertura más estrecha del caracol. Luego buscamos el otro agujero y absorbemos con fuerza.

Hffff!

La carne ya debería de estar en la boca.


Pero este post no acaba aquí, y es que al final de la cena, la dueña del restaurante invitó a Luciano y Adela a visitar la cocina. Se quedaron asombrados de que de un lugar tan modesto y pequeño salieran tan suculentos manjares. Pero ya no se sorprendieron tanto cuando vieron trabajar a las cocineras.





Una buena costumbre, otra más, que no estaría mal que fuera importada a estos lares. Ya que el ‘Made in China’ los encontramos hasta en la sopa, ¿qué importa uno más?

Intermitencias chinas 7.1

Don Quijote del río Li

Durante su estancia en Yangshuo, Luciano gustaba de madrugar y tomarse el desayuno en en el Café Lotus, en una de las mesas que se asomaban a la calle Xi Jie, West Street, para los guiris.

Aquella mañana de agosto, mientras esperaba a que le sirvieran el desayuno, se entretuvo observando a los turistas más madrugadores, que caminaban bajo la penetrante mirada de las guías, apostadas cual cuervos en las aceras. Una de ellas, entraba cada minuto en un portal que había enfrente del café, y volvía a aparecer con dos bicicletas, una en cada mano, que iba depositando unos cien metros calle abajo. Y no creo exagerar cuando digo que trasladó más de cincuenta bicicletas en media hora. Si había suerte y el día salía bueno, era fácil que las alquilara todas.

En ésas apareció la camarera con el desayuno. Luciano empezó a dar cuenta de él: beberse el zumo, untar la tostada...

Cuando levantó la mirada sorprendió a un chino cincuentón preparado para sacarle una foto con su réflex. También se sorprendió a sí mismo como objeto de atracción turística. Luciano se imaginó al chino enseñando a su familia y amigos aquella estampa tan típica de un occidental. No le sentó mal; faltaría más, tenía muy presente que él hacia lo mismo.

Aquel día Luicano y Adela tenían previsto darse una vuelta por el río Li. A las diez tomaron un autobús de línea a Xinpiang, un pueblecito a orillas del río Li, entre Yangshuo y Quilin. Desde allí cogerían un barco para hacer una vuelta por el río.

El autobús los dejó en la plaza de una aldea rural, como las que se pueden encontrar en la España profunda, con casas blancas y población envejecida. Lo único 'nuevo' que pudieron ver allí, fue un cartel enorme (3x2m) que había en una fachada de la plaza. En ella aparecía Bill Clinton visitando el pueblo, a todo color. Todo un orgullo, supongo.

A un par de kilómetros del pueblo estaba el embarcadero, donde varios turistas esperaban para embarcar. A Luciano y a Adela les tocó con una familia taiwanesa muy abierta y enrollada. Una de las hijas hablaba muy buen inglés, y les tradujo lo que iba diciendo el marinero, que hacía las veces de guía. No en vano, había muchas cosas que contar de los caprichosos paisajes que asomaban tras cada meandro. Quizá a los chinos no les guste mucho ir al monte, pero no hay duda de que les encanta contemplarlos y, a poder ser, encontrarles algún parecido con otra cosa.

Sirva como ejemplo la siguiente ilustración.



¿Que veis, además de una montaña? La solución, al final de este post.

A mitad de recorrido, el patrón fondeó el barquito en la orilla izquierda. Allí esperaban un montón de mujeres de todas las edades que recogían piedrecitas para luego vendérselas a los turistas. También andaba por allí este curioso personaje, un vendedor de sonrisas.





Lo que tiene debajo es un búfalo. Uno de los tantos que se pueden encontrar en el río.

El barco ya había zarpado cuando tomaron esta última toma para el recuerdo. Mientras don Quijote preguntaba al búfalo y al cigarrillo por el próximo número que iba a representar, las vendedoras de piedras corrían hacia el nuevo barco que acababa de llegar...





Y aquí termina el trayecto en barco por el río Lí. Sólo me queda despejar la incógnita. ¿Qué crees? ¿Lo habrás adivinado?

'La cabeza de un hombre que está tumbado mirando al cielo'

Intermitencias chinas 7.0

Entre Quilin y Yangshuo

De Kunming a Quilin. Del suroeste al centro sur. Las Intermitencias Chinas cambian de escenario.

Luciano había estado ordenando los apuntes de su estancia en Quilin y Yangshuo:

-Cuántas cosas para contar. Parece mentira lo que puede dar de sí un mesecito de viaje. Me doy cuenta de que da más trabajo recordarlo que vivirlo. Pero tengo una excusa: eso ya lo descrubrió Proust hace cien años.

A la recherche, pues:

Quilin es una ciudad fluvial, icono del turismo nacional, famosa por sus montes y sus ríos. Paradógicamente, se asienta sobre un terreno llano que está petado de montes. Imagínate las escamas de un Brontosaurio. Así es allí el paisaje. Y no sólo en Quilin, también en Yangshuo, que está 60 km al sur.



Entre ambas ciudades fluye el río Li, una autopista fluvial donde pasan cada día innumerables barcos, con turistas a los que les sobran treinta euros. Si lo haces en autobús te vale con uno solo. Y el paisaje es casi el mismo.

Aunque, eso sí, no podrás ver en tres dimensiones la imagen que aparece en el billete de veinte yuans.





Pero eso lo vieron más tarde, cuando se dieron un paseo más modesto por el río Li, del que tratará el siguiente post.

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Ahora toca hablar de Yangshuo, en cuyo Youth Hostel pasaron Adela y Luciano unas cuantas noches. Yangshuo es una pequeña ciudad de 300.000 habitantes, ideal para el descanso del viajero. La meca de los trotamundos, según el Lonely Planet. El Youth Hostel estaba en Xi Jie, una calle pensada exclusivamente para turistas occidentales, sobre todo en los precios de comidas y bebidas, que no tenían nada que envidiar a las del centro de París.

Por esta razón, Adela y Luciano decidieron que en adelante se saldrían del barrio para comer. Y no les fue mal. En las calles de los chinos había un montón de comedores pequeños, del tamaño de un garaje particular. La comida era siempre la misma. Consistía en un cuenco de arroz y otro de verduras y carnes recién fritas en aceite de soja. El cliente escogía de los diferentes cuencos una muestra de los productos que quería que le prepararan y se lo daba a la cocinera. Luciano y Adela también añadían la palabra búladé, que significa con muy poco picante. Si no lo hacían, era probable que dejaran el plato en la mesa. Todo eso, más una cerveza de medio litro les costaban no más de 20 yuans, unos dos euros al cambio. Después se compraban algo de fruta en el mercado y ya iban más que servidos.

Echemos un vistazo al comedor:



Y aquí acaba la primera parte de la séptima entrega de las intermitencias chinas. En la siguiente conoceremos a un personaje peculiar, don Quijote del río Li.

Intermitencias chinas 5

Huôche

Así se escribe ‘tren’ en pinjín. Seguramente una de las palabras más usadas por los chinos. Si quieres montar en un tren chino, además, tienes que aprenderte estas otras:

- huôche piào: billete de tren
- huôche zhàn: estación de tren
- yìngxí: asiento duro
- ruanxí: asiento blando
- yìngwò: litera dura
- ruanwò: litera blanda

¿Por qué el tren?

Hay muchas maneras de conocer China, un país enorme e inabarcable que ofrece infinitas posibilidades al viajero. A primera vista, la elección del tren como medio de transporte ofrecía para Luciano y Adela tantas ventajas como desventajas.

- Ventajas: más barato; no hay turistas; una de las mejores maneras de conocer el alma china.
- Desventajas: suelen ir llenos hasta la bandera; son incómodos y cansan bastante; limita los desplazamientos.

Está claro que en avión se puede estar en más sitios en menos tiempo, pero también es verdad que te estás perdiendo una de las partes más importantes del viaje: el viaje en sí.


Comprando billetes

Para un guiri, comprar billetes de tren en China es algo muy sencillo: vas a la agencia lo pides, te lo dan y ya está. No sucede lo mismo con los chinos, que tienen que pasarse toda una mañana en la estación para conseguir su billete.

Y tampoco pasó así en Kunming, cuando Adela y Luciano fueron a la agencia a comprar los billetes a Quilin. Allí les dieron un par de malas noticias. La primera, que sólo había billetes en asiento duro, es decir que no había ninguna litera. La segunda, que el sistema informático tenía alguna deficiencia y que no podían emitir billetes.

Así la cosas, Luciano tuvo que irse una mañana a la estación para intentar hacerse con ellos. Como ya conocía la de Shanghai, no le sorprendió tanto el gentío que estaba allí reunido. Cientos de personas hacían cola en filas larguísimas por la veintena de taquillas que había a lo largo de la nave. Eligió una fila al azar y esperó una media hora hasta que le llegó su turno. Pero allí no pudo conseguir el billete, ya que la taquillera, en un buen inglés, le dijo que se fuera a la taquilla nº 3. Sin embargo, en la taquilla nº 3 tampoco pudo conseguir lo que quería, ya que no había nadie atendiéndola.

Después de esperar un buen rato, desistió del intento y lo dejó todo para la tarde. Volvió, pues, a la cola de la taquilla nº 3. Esta vez sí que estaba la taquillera, y la cola era importante. Le tocó justo detrás de una chica joven que llevaba a su hijo de la mano.

Mientras se mentalizaba para una larga espera, Luciano observó cómo un tío trataba de colarse accediendo a la taquilla por el espacio preparado para que saliera el que ya había comprado el billete. A los cinco minutos ya había otros dos disimulones que habían seguido su ejemplo. Como quien no quiere la cosa, poco a poco se fue montando un tumulto en los alrededores de la taquilla, que Luciano aún veía lejos.

Para cuando Luciano llegó a las estribaciones de la taquilla, la cola ya no merecía tal nombre. A la izquierda había una cola improvisada de más de diez personas que forcejeaba con la cola legítima, la de la derecha, en la que aguardaba pacientemente Luciano.

Brindavino no daba crédito a lo que veían sus civilizados ojos. Apenas lo separaba un metro de la taquilla, pero desde la izquierda no dejaba de incorporarse gente que sustituía al que ya se había hecho con su billete; comenzaba a darse cuenta de que –si no quería pasarse allí toda la tarde- tendría que comenzar a usar él también sus dotes de persuasión.

Por un momento Luciano pensó en abrirse paso a codazos, como hacían los de la izquierda, pero su conciencia le impedía colar a la chica que iba con su niño. De modo que optó por centrar su posición para tratar de impedir el goteo de ‘disimulones’ y así facilitar a la madre el acceso a la taquilla. Luciano se concentró sobre todo en estorbar el avance de un tío que, por otra parte, no le hizo ni caso y lo esquivó con relativa facilidad. Entonces, Luciano metío la gamba: lo miró fijamente y comenzó a gesticular como un mono indignado, pronunciando unas palabras que sólo el entendía.

- Pero qué morro tenéis. La gente de bien esperando religiosamente a que llegue su turno, y vosotros riéndoos en su puta cara. ¿Así pensáis sacar adelante el país...?

Luciano esperó en silencio alguna mirada de aprobación entre la gente. Pero todos bajaron la mirada, incluso la chica, que permanecía inmutable. El disimulón le devolvió entonces a Luciano la perorata: le escupió su odio gritando alto, fuerte, para que todos oyeran no sus argumentos sino el tamaño de su ira traducido en decibelios.

Brindavino bajó la cabeza. No tenía derecho a cuestionar las costumbres de un pueblo extraño. Dejó que el disimulón se sacara su billete mientras le regalaba una mirada a lo Chuck Norris. Ese fue su único consuelo.


En el tren

Lo primero que llama la atención cuando te montas en un tren chino son dos cosas: la cantidad de gente que viaja en tren y lo largos que son los trenes. De lo primero te das cuenta nada más llegas a la estación. Cientos y cientos de personas esperan a que se abran las puertas para acceder a los vagones. Para lo segundo tienes que esperar a que éstas se abran, media hora antes de la salida del tren; si tienes la mala suerte de que tu vagón esté en un extremo, puede que tengas que andar diez minutos a paso ligero.

Pero en el tren hay muchas más cosas interesantes que convierten el viaje en una pequeña aventura:

Una de ellas consiste simplemente en disfrutar de los niños, los grandes protagonistas de los trenes chinos. El siguiente video corresponde al viaje de Dali a Kunming. Era de tan sólo seis horas, por lo que no se podían usar las literas. A los niños en cambio todo les está permitido, de modo que ellos sí que se podían subir para jugar a cartas, o simplemente para tirarse las almohadillas de un lado a otro.






También llama la atención la cantidad de gente que trabaja en un tren: hay un tío, por ejemplo, que se dedica a recoger toda la mierda que tiran los chinos; cada media hora ahí lo tienes, con su escobilla rastreando los rincones. Luego está el encargado del vagón, el policía, los revisores, las que venden la comida que ha sido preparada en la cocina del tren...

Los trenes también son un gran escaparate para conocer algunas costumbre chinas que, a dios gracias, van perdiendo fuerza: escupir al pasillo, tirar los desperdicios por la ventanilla, dejar el váter hecho unos zorros, hablar en voz alta (por no decir gritar) a las doce de la noche...

En el viaje de Kunming a Quilin, Luciano y Adela compartieron departamento con un matrimonio y sus dos hijos. Tenían reservadas las dos literas de abajo. El hombre tenía una para él solito, y la mujer y los dos niños se pasaron todo el viaje en la otra. A media noche, mientras su marido dormía a pierna suleta, la madre se fue al pasillo y trató de dormirse apoyando los codos en las mesa. Los niños necesitan espacio para sus sueños y eso las madres lo saben(sufren) como nadie.

Y para terminar, cómo no, hablemos de papeo. Los chinos acostumbran a llevárselo de casa. Quizá convenga aclarar que el agua caliente es una de las bases de la cultura china. Siempre hay una cisterna disponible para el que la necesite. Se usa para tomar el té, y en los trenes también para vertela en una caja de comida deshidratada, normalmente pasta con algo de carne o pescado. Echas el agua, esperas diez munutos, y ya te lo puedes comer con los palillos. Eso es lo que come casi todo el mundo. También son muy populares las patas de gallo, que las comen cual papas fritas, con uña y todo. Pero Luciano y Adela no se atrevieron con ellas...






Hey! Hey!

Intermitencias chinas 4

Longshen y otro juego chino


Longshen

Longshen es un conjunto de aldeas que hasta finales del siglo XX. vivió aislada completamente del resto del país y, por ende, del resto mundo. Está situada bastante al norte de Quilin (ver Hoja de Ruta), a cuatro horas de autobús, escondida entre desfiladeros y montañas. Hacia 1995, un occidental se atrevió con sus desfiladeros y consiguió dar con ellos. Allí descubrió a unas gentes que apenas habían tenido trato humano con sus vecinos, y que mantenía en toda su pureza ciertas costumbres y tradiciones que pronto la convirtieron en un reclamo turístico de primer orden:



Los bancales de arroz

El mayor reclamo turístico de Longshen son sus bancales de arroz. Una muestra perfecta de adaptación al medio. En una orografía tan abrupta, los arrozales alcanzan hasta los 800 metros. Como los aztecas con sus piramides, salvan la inclinación con la ayuda de enormes escalones, sobre los que se asiente la semilla. Es como si un peluquero gigante hubiera pasado por allí con su cortacésped.


















La melena más larga del mundo

Longshen también es famosa por la melena de sus mujeres. No sé si será porque no conocen las tijeras, pero ninguna se ha cortado el pelo jamás. Bueno, ninguna no, que las nuevas generaciones ya están perdiendo la costumbre. Pero las adultas, sí que no:




Las fotos son pésimas, pero ni la cámara ni el camarógrafo daban para más. Luciano, se defiende:

-Saqué la foto desde el autobús, era un letrero que vi por el camino. Además, el cristal estaba sucio.

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Otro juego chino

Lo prometido es deuda: en el post dedicado al ajedrez chino hice referencia a otro juego que Adela y Luciano pudieron presenciar en Longshen.

Se trataba, como ya conté, de un juego parecido al de los dados que se estilan por aquí. Pero en vez de dados, con una moneda parecida a la de 25 céntimos de los años setenta, pequeñas y con un agujero en la mitad. Y con un tazón en vez de cubilete.

Antes de mostrar el video que grabó Adela, Luciano quiere hacer una observación:

- Euskaraz esango det: lagun txinatar batek esan dit joku hau ez dela legala, txinatar legeak diru-jokorik ez omen duela uzten. Beraz, suposatzen det grabazioarekin gauza bera gertatuko dala. Baina beno, ez det uste hainbesterako izango denik.






Comentario:

Mientras los demás turistas se dedicaban o comprar postales, Adela y Luciano se pusieron a observar esta extraña partida. No se pasparon de mucho,la verdad. Dedujeron que el que estaba sentado en un extremo de la mesa, frente al objetivo, era el que llevaba la caja. Éste era el encargado de hacer girar las monedas sobre su canto; a continuación, tapaba las monedas con el tazón y los restantes jugadores cantaban sus apuestas. Llegaron a la conclusión, eso sí, de que llevar la caja era un chollo. O si no, el tío tenía una suerte que te cagas. Una de dos. El hecho es que en los diez minutos que pudieron estar viendo la partida, todos los billetes que se pusieron en juego fueron a parar a sus manos.

Intermitencias chinas 0

Hoja de Ruta



08 de agosto: Shanghai-Hangzhou. Tren (4 horas).
11 de agosto: Hangzhou-Kunming. Avión.
16 de agosto: Kunming-Dali. Tren (6 horas).
19 de agosto: Dali-Kunming. Tren.
20 de agosto: Kunming-Quilin. Tren (21 horas).
30 de agosto: Quilin-Shanghai. Tren (29 horas).

Intermitencias chinas 2.1

Ajedrez en la ribera (video)

Luciano Brindavino estaba de suerte: sus rudimentarios conocimientos fueron suficientes para aprender a usar el videogúgel. De modo que colgó este video para completar la partida de Xianqi a la que asistió en la ciudad china de Kunming.





Otras intermitencias chinas:

Intermitencias chinas 1: ciclos, carros y motocarros
Intermitencias chinas 2: ajedrez en la ribera
Intermitencias chinas 3: la cosa pública

Intermitencias chinas 2

A los chinos les pirrian los juegos de mesa. Por doquier se puede ver a gente jugando a cartas, al ajedrez, a los dados... se puede decir que, junto con el Tai Chi, es el deporte nacional. Si vas a un restaurante y los camareros están echando una partida en las mesas de la terraza es mejor que te vayas. La pasión por el juego les supera. En su descargo cabe decir que se pasan todo el día trabajando sin parar.

No obstante en aquel 2005 las cosas estaban cambiando en China: el país había entrado a saco en una época presidida por el capitalismo y las nuevas tecnologías se habían hecho omnipresentes en tan sólo una década. De modo que estaba naciendo una nueva generación que ya no tendría tanto tiempo para jugar en los parques, en el trabajo, o sobre la acera. De hecho, la mayoría de la gente que vieron jugando era mayor de cuarenta años. Y casi todos hombres.

Y mirado así, a Brindavino no le daba tanta pena que los tiempos cambiasen, no tenía más que pensar en esos bares heredados del franquismo, en los que la juventud de entonces aprendió a fumar y a decir bien alto:

- Akeita, txola ta txokorra!

Y mientras tanto la esposa, la madre, en casa, con los hijos, trabajando, sin tener tiempo para pensar dónde estaba y qué hacía su marido.

Pero volvamos a China, ya que nos espera otro reportaje fotográfico de Brindavino, esta vez dedicado al XianQi, el ajedrez chino.


Ajedrez en el parque de la ribera
Nuestros amigos se refieren a ese espacio de color anaranjado que corresponde a la provincia china de Yunnan. Kumning es la capital de esta provincia.

Kumning es una ciudad del suroeste de China, muy distinta de otras ciudades de occidente como Hanzhou o Sanghai. Lo único que les hermana es la densidad de población. Para empezar el clima es totalmente distinto; mientras en el occidente el calor del verano es agobiante, tropical, el clima de aquí es más parecido al de Euskal Herria. Quizá se deba a que está a 2000 metros de altura sobre el nivel del mar.

Hay más diferencias: la vida es más barata, los lugareños están más acostumbrados a tratar con extranjeros: hay numerosas minorías religiosas, musulmanes, tibetanos...

Pero vayamos sin más dilación a la ribera del río, de la mano de Brindavino, a ver cómo se las gastan por allí al ajedrez. La tarde de aquel 14 de agosto salió soleada y había bastante gente paseando o sentada a la sombra de los árboles.

Vamos a ver

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Ésos parece que están jugando a cartas

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No interesa, queremos ajedrez, afina la puntería Luciano


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Ésos también están jugando a cartas

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¡Qué de gente!

No sé a qué estarán jugando, pero por la mirada de los espectadores parece que está interesante.

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Sé más discreto Luciano, el de la izquierda ya te ha pilllao...

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Estos si que están jugando al XianQi. Si os fijais bien, veréis que el tablero, a diferencia del nuestro, es todo blanco. No hace falta esa distinción: las fichas se colocan en las intersecciones.

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La ficha hay que moverla con decisión; se posa con un gesto decidido, seco, como en el dominó. Si Luciano hubiera sido su contricante, se habría cagao por las patas abajo.

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Después del movimiento, la peña comenta la jugada. Sus palabras recuerdan a Luciano al ronquido de un león:

rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr

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Y ésta es la última foto. Antes de marcharse, Brindavino agradeció a jugadores y espectadores la amabilidad con que le hicieron un huequecito. Cuando sólo llevaba un par de fotos, el jugador del chaleco perdió una partida, y le echó la culpa de la derrota; pero se le olvidó pronto y siguió jugando como si no hubiera un occidental entrometiéndose en su mundo.

Hasta aquí el acercamiento a la ancestral cultura del ocio china. Puede que otra vez me atreva con un juego muy curioso que Adela y Luciano pudieron ver en Longshen. Era un juego parecido al de los dados que conocemos por aquí, pero con monedas en vez de dados, y tazón de cerámica en vez de cubilete. Y de por medio, cambiando de dueño cada veinte segundos, mogollón de billetes. Pero eso tendrá que ser otro día.

PD: una semana después Luciano se apuntó a un cursillo de ajedrez chino y allí aprendió los rudimentos del juego. También se trajo algunos tableros para llegar a ser el mejor de su pueblo. Por si alguien le interesa hay un enlace muy majo sobre XianQi en la revista de ajedrez de la UNED, que cuenta la curiosa y antiquísima historia de este juego, y explica de manera clara y sencilla sus secretos.

Intermitencias chinas 1

Ciclos, carros y motocarros

La foto que veis aquí la sacó Brindavino una mañana de verano de 2005, en pleno centro de Sanghai. No se le ocurrió otra cosa que plantarse en la mitad de la carretera para sacar una foto a los conductores que esperaban a que el semáforo se pusiera verde. Estamos en una calle neurálgica de la segunda ciudad China, en la que sólo está permitido el tráfico de vehículos de dos ruedas.

Acostumbrado a vivir en un país en el que todo el mundo tenía coche, Brindavino se encontró de repente en una ciudad, en un país en el que apenas había coches particulares; en Shanghai, por ejemplo sólo se veían taxis.

Pero a lo que iba. Que le tenemos a Brindavino esperando, disfrazado de Anacleto, sacando fotos indiscretas.

No se ha quedado a gusto con la primera foto. Después de volver a la acera ha decidido volver sobre sus pasos. pero... ¿Qué hace? No me extrañaría que en cualquier momento alguno le pegue un toque. ¿A quién se le ocurre? ¡Un occidental metiéndose donde no le...

...Espera!

¡Kontuz Luciano kontuz!




Este Luciano cómo es...

Ya la ha vuelto a montar. El de la moto granate le ha soltado algún insulto mandarín con el que parece que sus compañeros de asfalto están de acuerdo. Si no llega a ser porque el semáforo se ha puesto en verde hoy no estaría yo aquí glosando estas intermitencias.

Así que Brindavino consiguió salir de ésta y pudo seguir con su reportaje gráfico. La verdad es que material no le faltó. Y hasta llegó a una conclusión y todo:

- Los chinos pueden llevar a cuestas hasta su propia casa.

- Y si no me creen vean, vean...



Maldan Gora

La serie cuatro fotos que viene a continuación fue sacada en Suzhou, una ciudad cercana a Shanghai famosa por sus canales, aunque a Adela y a Luciano no les parecieron para tanto. Sí fliparon cuando junto a ellos pasó este tipo con su carro.

El lector puede fijarse en el esforzado ciclista, aislarlo de su carga,



atender al esfuerzo de sus piernas, a su torso encorvando sobre el manillar,



le podría parecer Eddie Mercx ascenciendo las ultimas rampas del Galibier,



Pero no.

Aquí no hay premio que alivie...



...su pesada carga.


Tracción humana

China es un país de contrastes. Por ejemplo, en Suzhou, una ciudad que está hermanada nada menos que con Venecia, acoge en su seno a una ingente cantidad de marginados, la mayoria de los cuáles son ancianos. Éste no se ha jubilado todavía.







Adela y Luciano se encontraron en Quilin con una pareja de ancianos. La mujer hurgaba en un basurero en busca de botellines de agua. Mientras tanto, el hombre trataba que los botellines no se le salieran de la bolsa. La mujer sacó un botellín y se lo dió a su compañero, pero éste no acertaba a que entraran todos. Y así abandonaron la plaza, dejando la fragancia de su tristeza en las almas de Luciano y Adela.



La mesa de billar

Este última serie la sacó Brindavino desde un autobús, durante su estancia en Quilin. Estaban Adela y él sentados en la ultima fila, Brindavino estaba mirando por la ventana trasera, cuando se encontró con la pieza maestra de su reportaje:

¡Mira patrás, Adela! ¿Ves lo que yo?


- Fíjate lo que lleva ese en su triciclo, ¡Nada menos que una mesa de billar!



-Menos mal que es cuesta abajo y no tiene que dar pedales...



- Pero cuando llegue una cuesta...


¡That's all folks!